Trabajé en laboratorios de I+D, plantas de producción, proyectos de infraestructura y equipos de innovación — en sectores que van desde dispositivos médicos hasta minería, petróleo y gas y consumo masivo. Veinte años en empresas muy distintas me dieron algo difícil de reemplazar: entender cómo funciona la industria argentina desde adentro.
En ese recorrido desarrollé herramientas para ganar eficiencia, automatizar procesos, controlar la calidad y gestionar proyectos complejos. En muchos de esos momentos hubiera querido tener al alcance la tecnología que hoy existe.
Hace seis años que trabajo con esas tecnologías — inteligencia artificial, análisis de datos, automatización — y entiendo cómo las empresas pueden sacarles partido.
Pasé por empresas muy distintas en sector, tamaño y complejidad. Eso me permite entender cómo funciona una organización: qué controla, qué mide, cómo fluye la información y dónde se generan los cuellos de botella. Llego con las preguntas correctas y salgo con un diagnóstico claro.
Haber trabajado en industrias muy distintas tiene una consecuencia concreta: lo que resuelve un problema en un sector a veces ilumina uno similar en otro. La tecnología amplía ese repertorio — automatizar lo que antes requería trabajo manual, visualizar lo invisible, conectar datos que vivían separados. Explorar esas posibilidades es parte de lo que hago, con criterio y sin promesas exageradas.
Sé qué puede hacer la tecnología hoy — IA, automatización, análisis de datos — y también qué requiere implementarla en una empresa real: procesos con cierta madurez, datos accesibles, equipos que puedan absorber el cambio. Trabajo en esa brecha, no solo en la posibilidad técnica.
Dirigí operaciones en entornos donde un error de proceso tiene consecuencias reales: normas de calidad farmacéutica, producción continua, auditorías. Las soluciones tienen que ser, además de eficaces, entendibles y utilizables por quienes deben implementarlas.
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